VISION CULTURAL
 
Los amantes del Círculo Polar


Película:Los amantes del Círculo Polar
Dirección Julio Medem

El amor, según Julio Medem, comienza en donde termina… ¿Qué tan relevante será la vida sin casualidades? Seguramente la esencia no se perdería pero las circunstancias cambiarían radicalmente. Es decir, en el mundo que envuelve a las imágenes de aquel círculo polar, la vida de Ana y Otto se vería inmiscuida en una realidad que dejaría a un lado el suspenso del encuentro esperado por una serie de absurdos que concluirían con un final irrisorio.

Lograrían quizás una analogía las mentes de Julio Medem y Tom Tykwer por el espacio y tiempo en que dieron vida a Los Amantes del Círculo Polar y Corre Lola Corre, respectivamente, donde cada uno ve al tiempo de una forma especial. Medem, con una serie de elipsis en relación al tiempo al transcurrir los años y Tykwer con su astucia de darle valor a cada segundo comprendiendo que cada uno por más insignificante que llegue a parecer es decisivo para marcar el destino.

¿Para qué perder el tiempo sólo, si cada minuto tendría sentido a tu lado?[1]

En las inmediaciones del círculo polar, el capricho por separar o evitar el reencuentro de dos amantes se ensaña para que la tragedia ocurra, y pasan meses, incluso años hasta que el encuentro tan anhelado se presenta con una máscara, haciéndolos creer ideas vagas que crean en ellos conflictos emocionales, lo cual sólo desencadena un futuro convertido en presente simbólico pero ficticio respecto a sus deseos.

Retroalimentación, ciclos… El todo es la nada, el principio es el fin, una circularidad[2] dialéctica constante entre algunas conexiones que dan la sensación de un raciocinio total a través de una serie de reglas.

Pero, ¿por qué no soñar, creer en las casualidades, en el destino o en lo que haga falta para hacer la vida más llevadera? Olvidar los preámbulos que la magnificencia desconocida a escogido para cada uno y sólo dejarse llevar por los sueños. Encontrar un sentido a la vida.

¿Para qué vivo si no puedo compartir mi vida contigo?[3]

Una historia que aparenta dar inicio con dos niños, que quizá son sólo una cristalización mental del director como dos personajes con grandes enigmas, sugestivos y propicios para una historia romántica perdida en el Círculo Polar donde los secretos van a ser sus aliados y la evidencia va a ser partícipe de sus sentidos.

¿Quiénes son Ana y Otto? Desde una perspectiva simplista son dos niños, cada uno de ocho años quienes se conocen a la salida del colegio en una tarde, pero también desde otro aspecto, son el reflejo de Medem, quien tan fascinado con su apellido, da vida a los nombres que portan los personajes principales de la cinta y se dedica a utilizar una serie de palíndromos, no sólo en los nombres sino que llega a hacer pensar que la dificultad del guión radicó no en lo que se tenía que decir o plantear, sino en el cómo habría que hacerlo, ya que con un descuido esta relación de circularidad perdería todo sentido.

Ese encuentro provocado por una serie de metáforas que se desprenden de los protagonistas, primero en Otto desde un aula aislada en una o dos decenas de mundos infantiles cuando con una hoja en blanco crea todo un mundo aéreo y lo deja volar atravesando gruesas paredes de tabique hasta llegar a su destino, las manos de Ana. Después encontrará una liga, diecisiete años más tarde, cuando él crea un lazo entre su alma y el viento frío de la zona.

“Cuando hace frío las cosas pasan más de prisa… me gusta que haya de frío”[4]

Y sí, es frío… pero tal vez no sea coincidencia que todo sea en el círculo polar ártico, ¿Por qué? tonos azulados, frescos indiferentes hacia su entorno, ¿qué más da? A final de cuentas en esa historia, su historia de amor, es irrelevante la temperatura, por que ni siquiera el frío más intenso puede apagarla pasión, añoranza y cariño tan ferviente que se compenetra del uno hacia el otro. Nada es obstáculo para ellos, al menos hasta ese momento.

Ambos se despojan de protocolos y de la carcasa que los padres siempre se topan, así dejan ver puntos de vista desde su propia perspectiva, sin tapujos, sólo sus ideas, recuerdos y proyecciones de un sentir íntimo donde se puede hacer una analogía con un espejo usado como intermediario para unificar a un padre con un niño y permitir que Ana pueda seguir en contacto con su progenitor aún después de que ha muerto, para entonces ya no hay límites, no se necesita verlo y palparlo sólo basta pensar y buscar en la mirada de un niño la respuesta a tanta interrogante.

Además cada lapso se hace distintivo por anuncios breves que separan la historia, “Ana y Otto”, “Otto reflejado en los ojos de Ana”… No importa, sólo hay un destino que los marcará y a pesar de haber sido esclavos de la misma circunstancia, la vida cobra para cada uno un matiz desigual.

Muchos simbolismos son utilizados también durante el filme, como las lágrimas de la madre de Otto, las cuales nunca se ven pero es obvio que existen y no sólo por el sonido de sollozo sino que es predecible al escuchar aquellos truenos y relámpagos fuera de su hogar, una noche oscura, vientos helados que corren sin cesar pero específicamente las gotas de lluvia estrellándose contra la ventana de aquella recámara, golpeando el cristal como si quisieran entrar.

Lo triste no es que lágrimas fueron derramadas, sino que siempre hay una expectativa, una ilusión de poder alcanzar lo querido, sobretodo por que en la vida de ambos niños hubo alguna interacción que al principio fue tenue, reflejado uno en la mirada del otro, tal y como es su final, por eso puede pasar mucho tiempo sin que las circunstancias les permitan reunirse otra vez pero les es indiferente por que cuando no ha existido el fracaso lo que existe es la esperanza.

¿Eres tú?, ¿Sientes lo mismo que yo?[5]

Laberinto sin salida cubierto de una capa de psicoanálisis donde las relaciones paternales y de sexo conllevan a un código que no es comprensible por todos, pero que cobra fuerza al ver la reacción que provoca en cada personaje cuando localiza en lo abstracto atajos hacia nuevas representaciones de la vida como comprender a la muerte o al amor.

La cinta se cimienta a partir de un interminable número de casualidades, los cuales no cuentan con explicación, sólo tiene efectos sin causa, convertidos en algo tan cotidiano que provoca que al contrario de rechazar la casualidad, se desee como a nada. Así es para Ana, que vive con la ilusión de hallar y hurgar… ella está esperando la casualidad más grande de su vida.

¿Qué será de aquellos que su vida está destinada a la búsqueda?...

No hay muchas contestaciones, por eso es mejor desconocer lo previsto para el trayecto en este mundo terrenal, sólo queda una frase: “Atrévete, valiente”.


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2008-03-04

Mónica Martínez S.