Domingo Abril 30, 2017



Singladura

La cuenta

Los mexicanos, al menos todos los que tenemos la enorme fortuna de contar con un empleo, estamos como los taxistas de alquiler. ¿Qué significa esto? Simple, y peor. Simple porque nos vemos obligados, eso si bajo todo el peso de la ley, a pagar la cuenta al patrón, en este caso al gobierno, que cada día nos exige más y más a cambio de cada vez menos y menos. ¿Y por qué peor? Porque al menos el patrón del taxista hizo una inversión para comprar el auto que renta a cambio de una cuenta diaria, semanal y/o mensual, según el caso.

Pero ¿qué inversión hizo y hace el gobierno? Ninguna. Es un negocio redondo. Los “patrones”, es decir, quienes cobran y en exceso por dizque gobernar, no han invertido ni invierten prácticamente nada, pero si exigen “su cuenta” de mil maneras y otras más que inventan a los gobernados.

Cada día, además de los consabidos impuestos que saldamos vía nómina, por actividad profesional u honorarios, se nos impone un pesado fardo que deriva del trabajo cotidiano para que los señores que “gobiernan” –eso dicen-  vivan mejor, mucho, infinitamente mejor, que quienes les pagamos o sostenemos su estilo de vida, casi siempre caro. Ellos sí cobran y muy bien por presuntamente hacer su chamba.

Así estamos en México. Y nada hay de malo en que cobren y muy bien por su trabajo. El problema es que a juzgar por los resultados que saltan a la vista, no lo están haciendo su trabajo nada bien hace décadas. No se explicaría de otra forma la crisis profunda que experimenta el país, es decir, la mayor parte de los gobernados.

A los mexicanos no nos salen las cuentas. Tenemos empleados –que eso son los gobernantes- de pobre desempeño y demasiado bien pagados. Si los gobernantes, esos señores que fungen de empleados públicos a cualquier nivel de responsabilidad hicieran un buen trabajo, el país caminaría mejor y así hasta gusto daría pagarles sus quincenas, bonos, estímulos y todo cuanto establecen las leyes para compensar a sus funcionarios públicos. Pero nada. En la mayoría de los casos vemos que “la cosa pública” se convierte en una especie de botín, sobre todo en las altas esferas como se dice. Son nuestros empleados de lujo, que no se justifican. Nos piden todos los días la cuenta como hace el patrón del chofer de taxi alquilado. Por curiosidad, eche un vistazo a los sueldos que aparecen en el portal de transparencia. Son casi inimaginables, en especial en un país como el nuestro y con los salarios que devengan las mayorías empobrecidas.

Curioso, al menos, que los patrones –los gobernados- tengamos empleados de alto nivel que no dan pie con bola para gobernar al menos bien. Pero se les paga y muchísimo.

Y sin embargo los gobernantes –nuestros empleados, insisto- nos dan la contra. Atentan contra nosotros, sus patrones teóricamente. Controlan la cosa pública para beneficio predominantemente de ellos y en contra también generalmente de nosotros. Vaya cosa y triste historia la nuestra. En pocas palabras, son empleados malos y caros. Valdría la pena alguna vez recapacitar, reflexionar en esto. Ninguna democracia puede sostenerse si funciona como una plutocracia. Al menos no nos engañemos ni nos chupemos el dedo.

 

 

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