Viernes Junio 23, 2017



Singladura

¿Pero qué necesidad?

 

En serio ¿quién asesoró, recomendó o aconsejó al presidente Enrique Peña  que abriera la puerta a Donald Trump?  Quien lo haya hecho, debería estar ya fuera de Los Pinos. Sometió al presidente de este país a un papelón que seguramente será inolvidable para varias generaciones de mexicanos. Pásumecha, como dicen los veracruzanos.

Con excepciones interesadas, no he visto un solo aplauso a la decisión presidencial de abrir las puertas de Los Pinos al candidato republicano a la Casa Blanca. ¡Penoso! Casi, casi se me doblan los dedos al teclear sobre el lamentable episodio. ¿Qué necesidad tenía el presidente Peña de darle la mano a Trump? Este señor es sólo un candidato, un aspirante a suceder al presidente Barack Obama. ¿Por qué no se guardó prudencia? ¿Dónde quedó la diplomacia? ¡Sensatez, señores de Los Pinos!  Así no puede gobernarse un país, es decir, con ocurrencias de última hora, con apuestas de alto riesgo, con un pues a ver qué pasa. Con un pues tu invítalo (s), al fin no perdemos nada, han de haber aconsejado al presidente. Después de todo, casi seguro que le dijeron, “lo cortés no quita lo valiente” señor presidente.

Es probable que el señor presidente, tan acosado, tan aguijoneado, tan vapuleado casi cada semana, haya pensado hasta de buena fe que la invitación sería un gesto de estadista, de capitán asido al timón en medio de las embravecidas aguas nacionales. Si, es cierto, se le ha recomendado varias veces dar un golpe de timón, pero no así. Y pácatelas. Que aprueba el albur de invitar a Trump como expresión suprema de que después de todo es el presidente de México. Y así le fue.

Quizá hasta pensó en que Trump andaba muy bravucón, pero en Estados Unidos, en su casa. Y quizá imaginó que una cosa es que el “magnate del ladrillo” no se atrevería a lanzar sus bravuconadas en México y mucho menos en Los Pinos.

Es probable que el presidente Peña haya pensado en hacer venir a Trump para a ver si se atrevía a decir lo que ha dicho en Estados Unidos de los mexicanos, que  "no son nuestros amigos" y que son violadores, estafadores y traficantes.

A ver, seguramente ordenó Peña. “Hacer venir a ese tal Trump. Quiero oírlo. A ver si aquí es tan machito como allá en Estados Unidos”. Seguramente aquí se va a poner nervioso, se quedará callado, se le atragantarán las palabras”, ha de haber pensado Peña. “Traigan a ese guerejo cabeza de elote, es probable que haya ordenado.

Y esto ha de haber hecho saber a sus interlocutores: Trump me va a escuchar. Lo voy a poner pinto y le haré saber que con los mexicanos no se juega y mucho menos se les insulta. Anden. Tráiganlo. Va a saber quién es el presidente de México. Va a saber que conmigo no se juega”.

Y miren lo que pasó. Trump le soltó en su casa y en su país y ante todos los mexicanos, la receta del muro en la frontera. Pasúmecha otra vez. El muro va, mister Peña, soltó el guerejo ante los micrófonos de Los Pinos.

Al presidente se le vio desconcentrado, colérico, con los ojos vidriosos. Su lenguaje corporal estaba descompuesto. Allí si cupo la prudencia. A momentos me dio la impresión de que quería llamar al Estado Mayor presidencial para pedir: ¡agárrenme porque a éste le doy”. ¿Pero qué necesidad? Simple: Trump habló desde México a los electores en Estados Unidos.

 

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