Ligas de futbol llanero,
pasión pura
 
Los partidos llaneros se juegan más con el corazón que con la cabeza, en ellos se desborda el alma en la fibra del músculo que se ha entrenado no en gimnasios, sino en la dura jornada diaria de cargar, empujar, jalar, romper la piedra o abrir el surco.
 
Un número importante de mexicanos saben desde su infancia lo que es el futbol llanero, cuyas características lo hacen representativo de nuestra idiosincrasia popular. Es el futbol que se juega en el baldío, en la cancha prestada de una escuela, en terrenos donados o prestados que se acondicionan con una buena portería y tratando de ajustarse a las dimensiones profesionales.
 
No es "jugar la cascarita", pues se trata de un futbol serio, organizado, más "profesional" que juegan, más que todo, aquellos niños, jóvenes y adultos que viven esta pasión y respetan este deporte. Es el futbol de los que tal vez nunca pisarán un estadio aunque juegan con todas las de la ley y en donde, muchas veces, hay una calidad, un estilo y una entrega que muchos profesionales envidiarían.
 
Los equipos llaneros en ocasiones compran, con muchos sacrificios, el uniforme y un buen balón, pagan la foto del equipo con la mascota; ¡como los profesionales!, y que con legítimo orgullo cuelgan en la sala de su casa. 
 
En los encuentros sabatinos, a veces los jugadores llegan arrastrando la resaca del viernes, ¡casi dormidos!, pero con el corazón firme y el ánimo dispuesto. En ocasiones se ponen los tacos y realizan los ejercicios de calentamiento como verdaderos autómatas, pero ya una vez dentro y empezado el juego, la pasión despeja la mente y se da lo mejor que se tiene. Para la gran mayoría de los jugadores, estos partidos son sagrados y se cuidan para mantener su mejor condición física. No necesitan público, ya que juegan por el amor al futbol y normalmente su público se reduce a algunos amigos, las novias o esposas y sus chiquillos, que tantito observan y tantito ensayan sus propios goles y sus propias paradas.
 
El arbitraje no es fácil cuando las reglas y los límites del terreno del juego son imprecisos y se juega con tanto ardor, pues los ánimos se caldean, las faltas aumenta, las discusiones se vuelven agresivas, empiezan las miradas retadoras, los insultos, los empujones y los golpes, que muchas veces obligan al árbitro a suspender el partido. Sin embargo, siempre triunfan las ganas de seguir jugando, se reconcilian las diferencias y el partido continúa como si nada.
 
Las condiciones en las que se desarrollan los partidos generalmente no son muy buenas, pero a los jugadores, como a todo buen deportista, no parece preocuparles. No importa jugar en el lodo, si se juega bajo la lluvia o si el calor es sofocante. No importa si al final del partido hay como saldo un chichón, una rodilla inflamada o un tobillo dislocado. Para ello lo que más vale es la entrega, el deseo de competir, de triunfar; elementos todos del espíritu humano, tan bello y tan noble cuando está bajo un desteñido uniforme de futbol lleno de sudor y de tierra.
 
 
 
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