El crimen del olvido

Reseña de Elizabeth está desaparecida (2019)

Por: Diego Velázquez Betancourt

Ya nos lo advirtió Borges con algún cuento: la memoria perfecta, implacable, constante, que almacenara cada detalle, podría llegar a ser una forma de incapacidad que nos mantendría postrados. El olvido, en ese caso, se transforma en un lenitivo necesario. Una de esas adaptaciones de la evolución que permiten tener abierta la conciencia al momento que nos traspasa, recuperar para cada acción lo aprendido sin detenernos ya en la dificultad anterior, dejar atrás lo repetitivo, lo inservible.

            Una de las formas defensivas del olvido es el bloqueo, es decir, cerrar la puerta de manera total a recuerdos dolorosos, cancelándolos, poniendo un paso elevado que va bordeando esa oscuridad. Esos puntos cerrados son heridas que cicatrizaron antes de curarse y en las que, agazapadas, pululan bacterias que enferman la propia existencia. (Contra ese bloqueo dicen que se inventó el psicoanálisis y la psicoterapia). Otra de las formas espantosas es el Alzheimer: que por una mala función de la química cerebral, se opaquen o pierdan (sobre todo en la vejez) los recuerdos de una vida, aquellas experiencias significativas que dan una perspectiva personal al gran viaje por este mundo…

            En el filme Elizabeth está desaparecida (Aisling Walsh, 2019), a la protagonista (interpretada de forma magistral por Glenda Jackson), una octogenaria que sufre principios de Alzheimer aderezados con alucinaciones, recuerdos y confusiones, se le agudiza su padecimiento el día que no encuentra a su amiga Elizabeth en su casa. Ya son personas mayores, de hábitos adquiridos y puntuales, y ahí en su mano, sostiene la nota que le recuerda que esa mañana harían juntas un poco de jardinería. La súbita desaparición la lleva a levantar una denuncia, a insistirle a su hija que investigue, a tomar el toro por los cuernos y ponerse ella misma a averiguar. Sin embargo, al propio tiempo ocurre un hecho muy significativo -de las memorias más perdidas de su adolescencia, se desbloquea un recuerdo doloroso-: la desaparición en los años cincuenta de su propia hermana.

            Es en ese punto cuando este drama toma otro cariz: nos damos cuenta que, de la mano de una mujer que pierde irremediablemente la memoria, comenzamos a resolver un crimen con sesenta años de retraso. El tema de la película, por supuesto, cambia, se ahonda, y nos manda tanto al presente como al pasado: se trata del universal problema de la violencia machista, que ha ocurrido en nuestra civilización humana desde el principio de los tiempos (y que requiere para extirparse de la intervención de una educación general consistente con los valores y de un accionar personal comprometidos con esos valores, tanto de hombres como de mujeres). De este argumento se puede colegir la idea de que es necesario honrar con un cierre a las incógnitas abiertas. Que el olvido no es posible en tanto exista un crimen abierto.

            (Doloroso recuerdo también abierto y sangrante e infectado: México aún padece de más de 90% de denuncias sin resolver. Otro recuerdo que debe mantenerse en la mente: tan sólo el año pasado hubo más de 900 feminicidios. Y hemos de ser conscientes que no hay manos que puedan cerrar esa brecha en la presa de la violencia: en promedio, en el peor de los casos, a cada agente investigador le tocan 102 crímenes para atender por año. La violencia tiene rebasada a la autoridad).  

            La actuación de Glenda Jackson merece un párrafo aparte: sencillamente un deslumbrante retrato de la forma en que puede manifestarse la demencia. Nos recuerda, a quienes vemos por un momento en pantalla esas dificultades, apenas un instante, el amor y la paciencia que manifiestan, en un mundo que no se detiene ante la enfermedad, quienes conviven con personas aquejadas por tales desastres de la personalidad. El mensaje de su actuación es claro: cuidemos a nuestros viejos, no nos desesperemos ante sus fallos, comprendámoslos. Que sean escuchados a pesar de los olvidos y los desórdenes en la memoria. Cierto, la carga emocional es más fuerte en la realidad de vivir con la enfermedad que en la ficción y no todos los aquejados de Alzheimer buscarán resolver un crimen por la insistencia de la memoria: pero todos aún tienen algo que decir. Su vida, su verdad.
            En este filme se señala el olvido entre los sanos, la lamentable continuidad de generaciones aun viviendo el renacimiento feroz de la ignorancia, el flagelo de la violencia feminicida, e insiste sobre la necesidad de encontrar un cierre a nuestro pasado, justicia, antes de que éste se nos borre.       

Título: Elizabeth está desaparecida (Elizabeth is missing)

Directora: Aisling Walsh

Año: 2019

Basada en la novela de Emma Healey

Plataforma: HBO Max

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